El rentismo es machismo. Perspectiva de género en la crisis de vivienda

Laura Barrio. Socióloga y activista por el derecho a la vivienda.

Cada vez más vidas se ahogan por el pago de la vivienda. Pero, detrás del carísimo privilegio de tener una “puerta propia” se encierran profundas desigualdades de género. Mientras el debate público sobre la vivienda se llena de datos, análisis, diagnósticos y propuestas, queda en el olvido que “lo personal es político” y nada más personal que la vivienda.

Dentro del supuesto espacio seguro que es el hogar, la desigualdad en términos de esfuerzo, tiempo y renuncias personales para poder pagarla tiene género. Después de años de militancia por el derecho a la vivienda tengo la certeza de que, si no miramos al machismo a la cara y lo erradicamos desde la base, permanecerá, porque está diseñado para mutar, disfrazarse y pasar desapercibido. Impulsada por la emoción de las movilizaciones del pasado 24 de mayo, me propongo en estas líneas compartir algunas reflexiones que arrojen luz al debate para que, al menos, tomemos conciencia de su importancia.

La vivienda como medio de opresión. Aunque sobre el papel las mujeres están igualadas a los hombres en sus derechos de ciudadanía, las sucesivas crisis, las oleadas de recortes sociales y las políticas neoliberales han ido mermando la protección del Estado del Bienestar. Paulatinamente, esas necesidades básicas que van quedando al descubierto, han sido amortiguadas por los recursos propios de los hogares. Familias extensas para compartir gastos, convivencia no deseada, hacinamientos, renuncias materiales, y proyectos de vida truncados son reajustes que tienen como consecuencia que, lejos de la mirada pública, la vivienda esconde sufrimiento, miedo, abusos, coacciones, violencias y cuando menos una doble jornada de trabajo no remunerado para las mujeres y, en general, para los grupos poblacionales no productivos. Sería un error etiquetar estos síntomas como problemas individuales o privados, porque no lo son.

Hay sesgo en los desahucios. La sociología ha constatado que los roles de género se traducen en dificultades de acceso a la vivienda para las mujeres. Si atendemos a lo que “se espera” de las mujeres, es decir, la conducta femenina normativa, se observa que interviene negativamente en el acceso y el mantenimiento de la vivienda. Cumplir con los roles tradicionalmente femeninos las penaliza. En paralelo, la exclusión de los varones principalmente viene motivada por la transgresión de su rol de trabajador y sustentador principal de la familia. Al contrario que a las mujeres, cumplir con las expectativas sociales de su género, les beneficia. Sobre esta base se desarrolla la romantización de la dependencia económica como el fenómeno de las trad-wifes.

La calidad de las viviendas también tiene género. En un sistema esencialmente mercantilista de acceso a la vivienda es obvio el peso de la brecha salarial en la distribución de la calidad de las viviendas. La tasa de esfuerzo para el pago de la vivienda es mucho mayor para las mujeres y los estudios sobre exclusión social muestran que la feminización de la pobreza va en aumento. En materia de vivienda se traduce en casas más pequeñas, más viejas, más lejos de los centros de trabajo y en entornos más degradados para los hogares femeninos, es decir, para las mujeres solas o con hijos a su cargo. Materialmente, vivimos peor.

El rentismo es machismo. Aunque el sentido común nos lleva a pensar que son las personas las que buscan un lugar donde vivir, el mercado ya no va de eso. Funciona a base de arrendadores en busca de rentabilidad y la clase trabajadora somos el producto, y en cuestión de rentabilidad las mujeres parten en desventaja respecto a los hombres. En una sociedad patriarcal, las mujeres siempre serán una inversión más arriesgada por tener menor salario o pensión, inestabilidad laboral, empleo en sectores precarizados, reducciones de jornada e interrupciones en la vida laboral.Estas desigualdades en ambos mercados se traducen en relaciones de poder dentro de los hogares. La vivienda opera como un mecanismo de disciplinamiento de género.

Un diagnóstico desenfocado. Las herramientas de medición social no están calibradas con perspectiva de género. No existen datos, ni siquiera aproximados, de cuántas familias han sido y siguen siendo desalojadas de manera extrajudicial, residen bajo acuerdos informales, o en viviendas inseguras, insalubres, inadecuadas o sin suministros básicos. Tampoco tenemos datos cualitativos de cómo están sobreviviendo, cuál es el precio vital que están soportando. En esta ceguera estadística se oculta el sinhogarismo femenino, escondido tras un genérico masculino estereotipado. Las mujeres manifiestan la exclusión residencial de manera diferente a los varones por su propia forma de desenvolverse en la vida, es un sinhogarismo invisible o encubierto. Regresamos a la idea con la que iniciaba este texto de que las mujeres absorben de manera silenciosa las consecuencias de la mala gestión pública.

Políticas sociales androcéntricas. Como consecuencia del punto anterior, la atención a la exclusión residencial adolece en su diseño y gestión de un enfoque de género. Los programas de emergencia no consideran las consecuencias negativas de separar la unidad familiar, cohabitar con desconocidos, deshacerse de las mascotas y enseres, ubicarse lejos de los colegios y, en cualquier caso, son de carácter temporal breve. Como consecuencia, las mujeres rehúsan el apoyo público, renunciando a sus derechos y ocultando sus necesidades, reforzando el mal diagnóstico. Un punto ciego muy conveniente.

La lucha por la vivienda es feminista. No puedo cerrar sin recoger el aprendizaje de la lucha de las mujeres por sus hogares. Y es que las estrategias femeninas que sostienen la vida, además de un sobresfuerzo personal en todos los sentidos, están basadas en redes colectivas de apoyo informal, también invisibilizadas. Madres, abuelas, amigas, vecinas y hermanas conforman un tejido de solidaridad que saca adelante la vida diaria. La dinámica de trasladarse de vivienda, barrio o ciudad cada pocos años rompe con estas redes de manera violenta. Rompe la vida social. Nos rompe la vida en pedazos. Uno de los motivos por los que la lucha por la vivienda ha sido históricamente femenina.

Estos días las calles se llenan de voces defendiendo la vivienda como un derecho bajo el lema “La vivienda nos cuesta la vida”. En este escenario de reivindicación masiva se nos brinda la oportunidad de construir alternativas igualitarias de raíz. Esta vez no podemos dejar pasar el manido “compañera, primero los derechos y luego el feminismo”. La izquierda debe impulsar un proyecto feminista, también en vivienda.

Secretaría de Mujeres e Igualdad

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