Poco a poco estamos acostumbrándonos a vivir en dos tiempos, en una distancia amarga entre la ley y la piel, los derechos y las rutinas. Sobre el papel, el Mapa Arcoíris de ILGA-Europa sitúa a España a la vanguardia de los derechos LGTBI+, desbancando a Malta. Este hito es el logro del empuje social y legislativo: la despatologización trans, las estrategias LGTBI+ y el marco normativo, cada vez más robusto, contra la discriminación. Sin embargo, al entrar a las aulas o pisar las oficinas, la realidad es otra. El informe Estado del Odio 2026 de la FELGTBI+ alerta de que el trabajo es ya el segundo espacio donde más violencia sufre el colectivo LGBTI+.
Esta hostilidad no brota de la nada; se inocula. Crece en los centros de trabajo y las aulas espoleada por fuerzas políticas que propagan el miedo y los discursos de odio. Ante este escenario, la única opción es impugnar la equidistancia. No hay neutralidad posible: o se toman posiciones activas por el derecho a la felicidad de todas, o se es cómplice del rencor y la infelicidad.

Aún así, nuestra postura no puede emanar ni del lamento ni del victimismo, sino de la acción. Señalamos al adversario, pero respondemos avanzando, nunca replegándonos. Aún resisten conductas y comentarios lgtbifóbicos que desearíamos borrar, pero cada vez contamos con mejores herramientas, normas, protocolos y convenios para luchar por la dignidad.
En estas fechas de movilización contra la LGTBI+fobia y por el Orgullo, la clase trabajadora organizada no dará un solo paso atrás. Y así lo hemos querido recoger en nuestras campañas. Ellos atacan para paralizarnos; nosotras respondemos conquistando derechos. Frente a su odio gris y divisivo, ganará nuestra diversidad.
Por Carlos Entenza Martínez. Adjunto en la Secretaría Confederal de Juventud de CCOO.
