Trabajadora, esa clase social que llevamos pegada a nuestra piel, a nuestro ser, que nos hace crecer cada día, con orgullo, con rabia, con alegría y con lágrimas… déjame que te cuente una historia, una historia marcada por la discriminación que nos hizo tejer red, la red de las que pescan, de las que conquistan derechos.
Hay trabajos que dejan las manos marcadas para siempre, las mías, las de mis compañeras huelen a sal, a pescado, a fábrica, a madrugones y a vida entera. Son manos acostumbradas a limpiar anchoa, bonito, atún… a cerrar más de mil placas al día, a que nuestro cuerpo aguante el frío de forma estática, y a volver a casa para seguir trabajando allí donde nunca se ficha, donde llevamos incorporado el dolor en las muñecas, en
los codos, en los hombros y en la espalda. Así, generación tras generación, sosteniendo las mujeres conserveras una parte esencial de la economía de nuestras localidades costeras.
Crecimos viendo cómo el trabajo se repartía según el género, los hombres salían a la mar, y nosotras las mujeres, nuestro espacio de trabajo eran las fábricas y la casa. A ellos se les reconocía el oficio, a nosotras, durante demasiado tiempo se nos ha hecho creer que solo aportábamos un complemento al salario familiar.
El sector de las conservas de pescado ha sido históricamente un sector profundamente feminizado y precisamente por eso, infravalorado. Durante décadas hemos convivido con una clasificación profesional que nos “colocaba” mayoritariamente a las mujeres en el grupo 5 de fabricación y a muchos hombres en el grupo 6 de oficios varios, un convenio donde los dos grupos profesionales tenían prácticamente las mismas categorías y cuyo trabajo en ambos grupos, igual valor. Sin embargo, nosotras, las trabajadoras cobrábamos menos y estaba normalizado.
A nuestro día a día, se nos unió la campaña de CCOO de “Pescar Derechos”. Una campaña que puso nombre y cifras a lo que llevábamos décadas viviendo. Informes que hablaban de una brecha salarial cercana al 30% en el sector, una discriminación que nos unió y que, junto con la negociación del anterior convenio colectivo estatal de conservas de pescado, 2021-2024, desató la indignación y la rabia de encontrarnos ante una segregación histórica sin sentido.
Recuerdo esos meses, ¿cómo olvidarlos? Meses de tensión, de movilizaciones, de huelgas. Aquellas huelgas dejaron algo importante, la conciencia colectiva, la conciencia de clase. La negociación del convenio no fue sencilla. Hubo reuniones interminables, propuestas insuficientes y momentos de enorme frustración. La patronal seguía negando reconocer el verdadero valor del trabajo en producción, ocupado mayoritariamente por nosotras. Pero esta vez ocurrió algo distinto, las trabajadoras ya no estábamos dispuestas a callar.
Las huelgas tuvieron un seguimiento masivo. Compañeras que nunca habían secundado un paro, lo hicieron. Otras salieron por primera vez a una manifestación. Nos acompañaron nuestras familias, nuestros vecinos, las calles de nuestras pequeñas poblaciones se llenaron de pitos, banderas y reivindicaciones de igualdad. Tuvimos miedo, sí, ninguna huelga es fácil y menos cuando los salarios son ajustados y las responsabilidades familiares pesan, pero aún así estuvimos. Piquetes al amanecer, concentraciones bajo la lluvia y el frío.
Estuvimos defendiendo algo que iba más allá de un convenio, defendíamos nuestra dignidad. Lamentablemente, aquella negociación no trajo un buen acuerdo, nos dejó manteniendo una clasificación profesional injusta que nos castigaba especialmente a las mujeres. CCOO no firmó.
Lejos de rendirnos, la fuerza se quedó en las fábricas, entre las conversaciones de compañeras y compañeros, en asambleas, nuestras voces no callaron, nuestro trabajó continuó. 2025 nos trae nuevamente meses de reuniones, de comunicados, de asambleas y concentraciones. Para la nueva negociación del convenio, nuestra propuesta siguió siendo clara, transformar la clasificación profesional y adaptarla a la realidad del trabajo que realizamos las mujeres conserveras pese a los bloqueos de la patronal.
Y sí, las asambleas y concentraciones se transformaron en manifestaciones y nuevamente en convocatorias de huelga a principios de 2026. No eran gestos simbólicos, era la demostración de que el sector estaba unido, dispuesto a vaciar las fábricas, no queríamos seguir siendo las peor pagadas.
El acuerdo finalmente se alcanza en febrero en el SIMA y ha supuesto un cambio histórico. El nuevo convenio estatal de conservas de pescado elimina una clasificación profesional discriminatoria y consigue la equiparación salarial real entre los grupos 5 y 6. Además, garantiza subidas salariales importantes hasta 2030, cláusulas de revisión ligadas al IPC y mejoras sociales que refuerzan derechos fundamentales en igualdad, conciliación y protección frente a la violencia de género.
Para muchas de las personas trabajadoras de producción, mayoritariamente mujeres, esto significará miles de euros más durante la vigencia del convenio. Pero lo más importante no cabe en una nómina. Lo más importante es que se ha roto una injusticia histórica.
Este logro pertenece a toda la clase trabajadora que lo ha hecho posible, pero especialmente pertenece a las que llevan cuarenta años en una fábrica y a las que acaban de entrar; a las delegadas sindicales que no dejaron de pelear; a quienes sostuvieron las huelgas; a quienes se emocionaron viendo por primera vez que el sector se levantaba unido. Y por supuesto, a esa memoria colectiva de mujeres conserveras que durante décadas soportaron la desigualdad sin dejar de trabajar.
Por todas ellas, hoy podemos decir que las mujeres hemos pescado derechos.
Trabajadoras de las conservas de pescado. CCOO de Industria.
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